1993

Jose vino a visitarme cuando me enfermé de varicela. Me trajo una película de Ángelo, el vecino salvadoreño, ese pelirrojo cuya lengua parecía haber sido forjada entre arrieros y verduleros bien curtidos en las artes del insulto. La película en cuestión era las Tortugas Ninja III. Esta vez las aventuras ocurrían en el Japón imperial. Viajes en el tiempo, samurais, Casey Jones -el buen Elias Koteas, quien años después sería inolvidable en La delgada línea roja- y nuestros amigos tortugosos.
Jose, Jose: gracias por esa película que luego vi tantas veces. Era la de la caja de plástico negra, como protegida del paso del tiempo en un cofre secreto, el cofre secreto de nuestra amistad.

De aquellas innumerables noches de borrachera, de tantas que nos marcaron cual un fuego sagrado, hubo una en la que nos visitó Tony MacAlpine.
Estábamos todos reunidos en el cuarto de Jose, cada uno en lo suyo, la lámpara tenue, el olor impregnado del tabaco adolescente en la alfombra, el televisor encendido en Dragon Ball o videos de Angra, Sergio quizás ya dormido, Sanae recostada en la cama con su primo y Jorge Devia y yo al ritmo de Evolution, el álbum de MacAlpine. Entonces lo vimos entrar, no por la puerta como entran los seres humanos, sino por la ventana, como lo harían los espectros y los vampiros. Vino, penetró en la habitación, nos saludó y, al menos en mi caso, me poseyó, hasta el día de hoy.
La sonrisa apenas esbozada de Jorge dejaba entrever lo que yo sospechaba; él también había sido visitado. Y nos mirábamos entre una niebla que se apoderó de la velada, sonrientes, livianos, arrullados por el ritmo de esos instrumentos tan comunes, y sin embargo tan extraños.

Jugábamos con Igor en las maquinitas de Cedritos. Él era el campeón de Cruisin’ the World; nadie, menos aún yo, podía ganarle a él en su camioncito distribuidor de papas Super Ricas. Lanzaba la mano derecha como dando un sablazo para conseguir los cambios y en las curvas se paraba en las ruedas laterales y se deslizaba así por las carreteras del mundo. ¡Qué fuerte eras, Igui! Y ese trofeo que te ganaste, esa copa de plata decorará para siempre el armario de tu casa.

Nos encantaba a Ricardo Núñez y a mí. Éramos fans de esta señorita. Estoy seguro de que se debía a lo que nos inspiraba esa voz, ese pelo rubio, esas guitarras rebeldes; era la novia perfecta y nosotros, que comenzábamos a hablar de la paja y sus secretos, éramos el público perfecto para sus historias de hadas urbanas, sus Lou Reeds haciendo cameos y sus riffs de guitarras que no estaban nada mal.
Mi primer CD. Fue mi primer CD y eso habla mucho. Pagué doce mil pesos en el Prodiscos de Unicentro, pagué con la plata de mi alcancía, con montones de monedas y billeticos arrugados.
Cuando le dije a mi mamá que se lo ofrecería a Núñez, que se lo grabaría, ella me dijo que no fuera tan regalado.
Núñez me visitó en mi casa, pasamos la tarde juntos y escuchamos el disco en la sala de mi casa. Luego fuimos hasta una papelería lejos en el barrio, para buscar un casette virgen en el que le grabaría el álbum.
Me imagino que se haría la paja escuchándolo, como yo.
Canta muy bonito Cristina… y los Subterráneos.

Habré visto sólo un par de episodios de esta serie, pero el holograma de Jem y la música dejaron alguna marca en mi memoria.
Sábados por la mañana. Un poco de rock al estilo Cindy Lauper. Melenas coloridas. Todo me predisponía para apreciar el Glam, pero le pasé por encima y lo descubrí muchos años después, terminada la adolescencia, cantando con Sergio y Jose.

1993

Jose vino a visitarme cuando me enfermé de varicela. Me trajo una película de Ángelo, el vecino salvadoreño, ese pelirrojo cuya lengua parecía haber sido forjada entre arrieros y verduleros bien curtidos en las artes del insulto. La película en cuestión era las Tortugas Ninja III. Esta vez las aventuras ocurrían en el Japón imperial. Viajes en el tiempo, samurais, Casey Jones -el buen Elias Koteas, quien años después sería inolvidable en La delgada línea roja- y nuestros amigos tortugosos.
Jose, Jose: gracias por esa película que luego vi tantas veces. Era la de la caja de plástico negra, como protegida del paso del tiempo en un cofre secreto, el cofre secreto de nuestra amistad.

De aquellas innumerables noches de borrachera, de tantas que nos marcaron cual un fuego sagrado, hubo una en la que nos visitó Tony MacAlpine.
Estábamos todos reunidos en el cuarto de Jose, cada uno en lo suyo, la lámpara tenue, el olor impregnado del tabaco adolescente en la alfombra, el televisor encendido en Dragon Ball o videos de Angra, Sergio quizás ya dormido, Sanae recostada en la cama con su primo y Jorge Devia y yo al ritmo de Evolution, el álbum de MacAlpine. Entonces lo vimos entrar, no por la puerta como entran los seres humanos, sino por la ventana, como lo harían los espectros y los vampiros. Vino, penetró en la habitación, nos saludó y, al menos en mi caso, me poseyó, hasta el día de hoy.
La sonrisa apenas esbozada de Jorge dejaba entrever lo que yo sospechaba; él también había sido visitado. Y nos mirábamos entre una niebla que se apoderó de la velada, sonrientes, livianos, arrullados por el ritmo de esos instrumentos tan comunes, y sin embargo tan extraños.

Jugábamos con Igor en las maquinitas de Cedritos. Él era el campeón de Cruisin’ the World; nadie, menos aún yo, podía ganarle a él en su camioncito distribuidor de papas Super Ricas. Lanzaba la mano derecha como dando un sablazo para conseguir los cambios y en las curvas se paraba en las ruedas laterales y se deslizaba así por las carreteras del mundo. ¡Qué fuerte eras, Igui! Y ese trofeo que te ganaste, esa copa de plata decorará para siempre el armario de tu casa.

Nos encantaba a Ricardo Núñez y a mí. Éramos fans de esta señorita. Estoy seguro de que se debía a lo que nos inspiraba esa voz, ese pelo rubio, esas guitarras rebeldes; era la novia perfecta y nosotros, que comenzábamos a hablar de la paja y sus secretos, éramos el público perfecto para sus historias de hadas urbanas, sus Lou Reeds haciendo cameos y sus riffs de guitarras que no estaban nada mal.
Mi primer CD. Fue mi primer CD y eso habla mucho. Pagué doce mil pesos en el Prodiscos de Unicentro, pagué con la plata de mi alcancía, con montones de monedas y billeticos arrugados.
Cuando le dije a mi mamá que se lo ofrecería a Núñez, que se lo grabaría, ella me dijo que no fuera tan regalado.
Núñez me visitó en mi casa, pasamos la tarde juntos y escuchamos el disco en la sala de mi casa. Luego fuimos hasta una papelería lejos en el barrio, para buscar un casette virgen en el que le grabaría el álbum.
Me imagino que se haría la paja escuchándolo, como yo.
Canta muy bonito Cristina… y los Subterráneos.

Habré visto sólo un par de episodios de esta serie, pero el holograma de Jem y la música dejaron alguna marca en mi memoria.
Sábados por la mañana. Un poco de rock al estilo Cindy Lauper. Melenas coloridas. Todo me predisponía para apreciar el Glam, pero le pasé por encima y lo descubrí muchos años después, terminada la adolescencia, cantando con Sergio y Jose.

1993

Jose vino a visitarme cuando me enfermé de varicela. Me trajo una película de Ángelo, el vecino salvadoreño, ese pelirrojo cuya lengua parecía haber sido forjada entre arrieros y verduleros bien curtidos en las artes del insulto. La película en cuestión era las Tortugas Ninja III. Esta vez las aventuras ocurrían en el Japón imperial. Viajes en el tiempo, samurais, Casey Jones -el buen Elias Koteas, quien años después sería inolvidable en La delgada línea roja- y nuestros amigos tortugosos.
Jose, Jose: gracias por esa película que luego vi tantas veces. Era la de la caja de plástico negra, como protegida del paso del tiempo en un cofre secreto, el cofre secreto de nuestra amistad.

De aquellas innumerables noches de borrachera, de tantas que nos marcaron cual un fuego sagrado, hubo una en la que nos visitó Tony MacAlpine.
Estábamos todos reunidos en el cuarto de Jose, cada uno en lo suyo, la lámpara tenue, el olor impregnado del tabaco adolescente en la alfombra, el televisor encendido en Dragon Ball o videos de Angra, Sergio quizás ya dormido, Sanae recostada en la cama con su primo y Jorge Devia y yo al ritmo de Evolution, el álbum de MacAlpine. Entonces lo vimos entrar, no por la puerta como entran los seres humanos, sino por la ventana, como lo harían los espectros y los vampiros. Vino, penetró en la habitación, nos saludó y, al menos en mi caso, me poseyó, hasta el día de hoy.
La sonrisa apenas esbozada de Jorge dejaba entrever lo que yo sospechaba; él también había sido visitado. Y nos mirábamos entre una niebla que se apoderó de la velada, sonrientes, livianos, arrullados por el ritmo de esos instrumentos tan comunes, y sin embargo tan extraños.

Jugábamos con Igor en las maquinitas de Cedritos. Él era el campeón de Cruisin’ the World; nadie, menos aún yo, podía ganarle a él en su camioncito distribuidor de papas Super Ricas. Lanzaba la mano derecha como dando un sablazo para conseguir los cambios y en las curvas se paraba en las ruedas laterales y se deslizaba así por las carreteras del mundo. ¡Qué fuerte eras, Igui! Y ese trofeo que te ganaste, esa copa de plata decorará para siempre el armario de tu casa.

Nos encantaba a Ricardo Núñez y a mí. Éramos fans de esta señorita. Estoy seguro de que se debía a lo que nos inspiraba esa voz, ese pelo rubio, esas guitarras rebeldes; era la novia perfecta y nosotros, que comenzábamos a hablar de la paja y sus secretos, éramos el público perfecto para sus historias de hadas urbanas, sus Lou Reeds haciendo cameos y sus riffs de guitarras que no estaban nada mal.
Mi primer CD. Fue mi primer CD y eso habla mucho. Pagué doce mil pesos en el Prodiscos de Unicentro, pagué con la plata de mi alcancía, con montones de monedas y billeticos arrugados.
Cuando le dije a mi mamá que se lo ofrecería a Núñez, que se lo grabaría, ella me dijo que no fuera tan regalado.
Núñez me visitó en mi casa, pasamos la tarde juntos y escuchamos el disco en la sala de mi casa. Luego fuimos hasta una papelería lejos en el barrio, para buscar un casette virgen en el que le grabaría el álbum.
Me imagino que se haría la paja escuchándolo, como yo.
Canta muy bonito Cristina… y los Subterráneos.

Habré visto sólo un par de episodios de esta serie, pero el holograma de Jem y la música dejaron alguna marca en mi memoria.
Sábados por la mañana. Un poco de rock al estilo Cindy Lauper. Melenas coloridas. Todo me predisponía para apreciar el Glam, pero le pasé por encima y lo descubrí muchos años después, terminada la adolescencia, cantando con Sergio y Jose.

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