POEMAS

Un pequeño poblado, un lago, algunos restaurantes.
Familias enteras de vacaciones.
Yo estoy solo, aunque en algunas horas una mujer me recibirá
sobre la arena del lago,
entre sus brazos.
Vamos a soñar que somos una familia,
que unos hijos sin rostro nadan y juegan a nuestro lado,
imaginar que una vida así nos espera y es posible.
Yo la imagino aquí, esa vida, antes de encontrarme con la mujer.
Y hay una alerta de tormenta en Sanguinet.
Van a cerrar temprano los almacenes, los bares.
El lago será clausurado hoy
para evitar que los bañistas se ahoguen bajo las olas
de una vez cada ciertos años.
Y yo dudo: ¿me voy o me quedo?
Porque hay tormentas peligrosas que tumban los árboles
y arrancan los techos de las casas.
Empieza a llover y pasan un par de horas.
La tormenta no es en absoluto lo que anunciaban.
Pero yo ya estoy en un bus
a mitad de camino de retorno a mi ciudad de estos días.
Lo cierto es que le temo a las tormentas
y últimamente me comporto como un hombre precavido,
como un hombre de familia.

Háblame con tu lengua de sangre
y tu lengua de papel.
No dejes que desaparezcas.
Bebe tu taza de luz entre las dos manos
e intenta no romper el aire con tus ojos grandes
que tiñen de azul el día
de tanto mirarlo todo.
Con tu dedo me trazaste
nuevos huesos y nueva piel.
Ya lo sé,
nuestro encuentro es fatal de antemano:
haría falta una ventana juntos
asomarnos a la calle
regresar a la cama
amamantar el tiempo.
Y dormir en el espejo del poema
de Paul Celan, de su poema tuyo.

El agua, cuando golpea la canoa,
suena idéntica en todos los países.
Yo escucho con el oído afinado:
mi canoa, el remo al interior,
mi río, dos sardinas moribundas,
algunos anzuelos…
La canoa en la que me ahogué hace tanto tiempo
y tamborea idéntica a esta,
seduciéndome a arrojarme al agua de nuevo
para seguir comparando el tañido de las arenas,
desde el otro lado de la vida,
ajeno a los bañistas que allá lejos recogen sus pertenencias
porque se hace de noche y es hora de volver a la casa.

Una voz que me acompaña.
Canta y practica sus líneas
para decirme sin decirme que me quiere.
Yo la descifro.
La voz me acaricia los pies,
me ofrece una cerveza,
me interroga.
Temo que desaparezca.
Que más tarde no queden sino el tren y el zumbido de los anuncios de neón
de las tristes tiendas solitarias en la noche:
unos ojos ojerosos que sin hablarme me venden la cerveza
y me la cobran cara.

Hambre.
Hambre de aire.
Hambre de whisky.
Hambre de amor.
Hambre de empanada.
Hambre de ahogarme en el río.
Hambre de ser rescatado.
Hambre de música.
Hambre de silencio.
Hambre de paz.
Hambre de ella.
Hambre.

Con este viento llega de lejos la voz de mi madre

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